El patchworking forma parte de mi proceso, de ese momento en el que aún me estaba buscando y aprendiendo a conocerme a través del diseño. En mi primer semestre de la universidad, mi proyecto final fue hacer una prenda que me describiera. No sabía exactamente quién era, solo tenía claro que estaba en construcción. Así nació un poncho hecho de patchworking: muchos pedazos distintos que, al unirse, comenzaban a contar una sola historia.
Era mi manera de decir que estaba hecha de fragmentos, de dudas, de intuiciones, de partes que aún no conocía, pero que me emocionaba descubrir.

Hoy, con el tiempo, el patchwork también representa una forma consciente de producir: cuidar los procesos, aprovechar mejor cada tela, dar nueva vida a lo que ya existe. Y eso, al final, también habla de mí, de cómo entiendo hoy el diseño, la creación y el respeto por lo que nos rodea.
