El añil tiene algo profundamente mágico: nunca revela el resultado exacto hasta que
emerge del agua.
Cada pieza es una sorpresa de la vida, una invitación a fluir y agradecer lo que aparece.
Honrando la incertidumbre, la intuicion y el aprendizaje constante.
El teñido con añil es un proceso artesanal que se construye por capas y tiempo.
Primero se prepara la tina: el añil se reduce en agua hasta activar el pigmento. En este estado, el color no es azul, sino verdoso. Ahí es cuando la tela puede absorberlo.
La prenda se sumerge lentamente y se retira con cuidado. Al entrar en contacto con el aire, el oxígeno provoca la oxidación y el color comienza a transformarse, apareciendo el azul. Este paso se repite varias veces, dejando reposar la tela entre cada inmersión para que el pigmento se fije.
Cada inmersión intensifica el tono. Cada pausa lo define.
Por eso el resultado nunca es idéntico: el tiempo, la temperatura y el ritmo del proceso influyen en cada pieza.
El añil no se imprime ni se aplica. Se construye.
Y eso es lo que hace que cada prenda sea única.

